¿Qué me dio el colegio? Es una pregunta que me hecho muchas veces y que he hecho a mis alumnos, más aún cuando uno recuerda el onomástico institucional. Lo que dicen es muy simple: algunas habilidades básicas, como leer, escribir y las operaciones aritméticas (que en realidad no necesitan de la escuela); buenos amigos y la experiencia de socializar; y por último, algunos modelos y personajes ejemplares.
Es exactamente lo que yo recibí de mi colegio, lo que recuerdo, lo que me sigue sirviendo hasta ahora. Uno puede perder o alejarse de los amigos del colegio, pero nunca la experiencia de la amistad que se dio con ellos y que sigue calentando el corazón y sirviendo de referencia. Uno puede olvidar y, de hecho, posiblemente debe olvidar buena parte de los conocimientos adquiridos durante la vida escolar, pero nunca podrá enterrar la vivencia de aprender, el placer de descubrir, el poder de saber, la belleza de conocer. Uno puede dejar de tener presente a buena parte de sus profesores y poner en su verdadera dimensión a aquellos que recuerda, regresarlos a una proporción más humana, pero nunca dejará de recurrir a la experiencia de haber admirado, de haber querido ser como, de haberse sentido acompañado, escuchado y ayudado por alguien extraño al mismo tiempo que confiable.
Un colegio que ofrezca la posibilidad de esas tres cosas: amistades, aprendizajes y modelos, debe ser más que suficiente. Llevar a un potencial alumno a varios colegios, ver cómo se siente, cómo uno se siente con los profesores y padres, tener una compatibilidad razonable con el estilo y exigencias de la institución, es más importante que remitirse a futuros todavía lejanos y a metodologías que prometen inteligencia emocional, brillantez intelectual y valores a prueba de todas las corrupciones.
¿Qué me dió el colegio?
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